Cada día son más las farmacias que elaboran fórmulas magistrales, medicamentos personalizados que se preparan específicamente para cada paciente en el laboratorio de la propia botica. Un trabajo artesanal y altamente especializado que combina conocimiento, precisión y una atención sanitaria a medida.
En una farmacia del centro de la ciudad, con más de un siglo de historia, esta práctica se mantiene viva desde hace cinco generaciones. El establecimiento abrió sus puertas en 1886 y aún conserva el primer recetario, en el que el bisabuelo de la actual responsable anotaba fórmulas como pomadas de azahar o sulfato de atropina.
Desde entonces, el laboratorio ha sido siempre el corazón de la farmacia. La tradición pasó de padres a hijos y hoy continúa con la misma filosofía: elaborar medicamentos adaptados a las necesidades concretas de cada persona. Cremas para la hiperpigmentación, colirios, inyectables o jarabes infantiles forman parte del día a día de este trabajo silencioso.
Las fórmulas magistrales permiten ajustar dosis que no existen en los medicamentos comercializados, algo especialmente importante en bebés o en pacientes que requieren tratamientos muy específicos. Cada preparación es distinta y exige un proceso propio: algunas necesitan calor, otras se elaboran por fases y en muchos casos se trata de mezclar polvos con exactitud para encapsularlos correctamente.
Más allá de la técnica, estas fórmulas representan una manera de entender la farmacia centrada en el paciente y en la mejora directa de su calidad de vida. Una historia que esta familia sigue escribiendo fórmula a fórmula, combinando tradición, conocimiento y atención personalizada